Echar la lengua a pacer

Diegu San Gabriel López (Asociación Cultural L’Argayu)
| 21.08.2007

Sr. Director,

Es triste, pero tenemos un presidente autonómico al que le encanta practicar la expresión cántabra que titula esta carta, aunque luego niega su propia existencia. Además, siempre lo hace para “pedir perdón”, con una especie de obsesión por ser más español que la peineta. Hace unos meses, intentando apagar el fuego creado por el apoyo de las Juventudes Regionalistas en el Consejo de la Juventud de Cantabria, a una resolución para el fomento de la lengua cántabra, afirmaba que “no tengo que dedicar recursos al idioma cántabro, porque aquí tenemos el español”. Ahora, parece haber olvidado aquel reconocimiento tácito de la existencia de una variante lingüística propia y nos salta con que no existe, o que es “castellano mal hablado”, quizá intentando justificar la reciente publicación por parte de la Consejería de Cultura, de un diccionario castellano-cántabro y un mapa de toponimia tradicional cántabra.

Me pregunto qué conocimientos tendrá Revilla para atreverse a realizar tales afirmaciones, pero sólo hay que analizar las mismas para obtener una respuesta clara: la ignorancia es la madre del atrevimiento. Yo tampoco soy filólogo, pero sí un enamorado de la literatura de Pereda, Nel Llano, Amós de Escalante, y de las enseñanzas orales de mi abuela, y puedo afirmar que existe en Cantabria un patrimonio lingüístico propio y diferenciado del castellano normativo, que ya a principios del siglo XX Menéndez Pidal vinculó al tronco astur-leonés, advirtiendo del peligroso proceso de recesión que éste experimentaba. Esta teoría será apoyada posteriormente por los pocos estudios rigurosos que en Cantabria se han llevado a cabo, como son los de A. Zamora, Ralph Penny, Carl Holmquist o Carlos Ealo.

“Lamentamos”, señor Revilla, que esto sea así, y dé al traste con ciertos mitos filológicos y con sus justificaciones historicistas para su “proyecto del siglo” en Comillas. Sólo hay que comparar los escritos medievales de Santoña y Valpuesta para darse cuenta de que Cantabria se adscribe patrimonialmente al tronco astur-leonés, y que el nacimiento del castellano hay que situarlo bastante más al sudeste, en la zona de contacto entre el euskera y el latín, entre Álava y Burgos. “Lamentamos” de nuevo que en esta ocasión, Cantabria no pueda ser vendida como cuna de las esencias patrias.

Usted sabrá qué principios le guían a mantener olvidado, ninguneado y reprimido nuestro patrimonio lingüístico autóctono, mientras derrocha caudales en fomentar Cantabria como cuna del castellano, pero por favor, bastante daño ha hecho ya la diglosia y la educación nacional-católica durante décadas, como para que los cántabros tengamos que tolerar que en pleno 2007, un personaje con un cargo de la trascendencia del suyo, descalifique una parte tan importante de nuestro patrimonio cultural tachándolo de “castellano mal hablado”. Porque difícilmente puede serlo, teniendo en cuenta que el cántabru es una variante del latín más arcaica que el castellano. Efectivamente, aquí decimos jachu, jigu, jisu o jornu, pero no decimos “jombre” ni “jeráldica”, también decimos jatu, cuetu o escapáu, pero no decimos “jezu” ni “organizu”. Quizá porque es un rasgo etimológico y no una deformación sistemática, ¿no le parece?

Otros rasgos, como el neutro de materia (cerveza amargu, ropa secu...), la tendencia a mantener el grupo –mb latino (llamber, lomba…), la tendencia a la palatalización (llar, lláu, añublase…), el uso de la “–i” átona final (lechi, juerti...), la metafonía vocálica en masculino singular (caldiru, surdu…), los cambios a la vocal débil en determinadas posiciones (mintira, uír…), la profusión de sufijos originales (cochucu, caluriza, casucia…), las formas verbales al uso astur-leonés (entrái, conozo, vinisti…), la epéntesis de la i (juriacar, culiebra...), el cambio de “e” átona en “a” en contacto con /r/ y /n/ (jarramental, andrina...), la prótesis (enjamás, deseparar...) y la gran cantidad de verbos singulares (acaldar, asubiar...) y léxico original (cajiga, yeldu... en ocasiones prerromano: luga, garma...), nos llevan a la conclusión de que nadie se está inventando nada cuando se habla de un patrimonio lingüístico propio que, si su gobierno tuviera un mínimo de sensibilidad por la identidad cántabra, se ocuparía de estudiar, proteger, dignificar y difundir.

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