Frente más que amplio

José María Gruber
| 08.11.2014

Es cierto que puede ser sólo cuestión de palabras: Coalición de partidos, Frente amplio, Frente popular, Unidad popular... Existen ejemplos históricos que se han presentado bajo alguna de esas denominaciones y que, sin embargo, no se han diferenciado en lo fundamental. El Frente Popular de la II República, la Unidad Popular del Chile de Allende o el actual Frente Amplio de Uruguay son algunos de ellos.

A decir verdad, todos pueden ser considerados como “amplios”. El Frente Popular republicano (con sus variantes de Front dÈsquerras de Cataluña y Valencia) agrupaba a no menos de 17 partidos o agrupaciones políticas y recibía el apoyo de los dos principales sindicatos del momento. La Unidad Popular de Chile, que era una coalición de partidos, y que se convirtió después en un partido federado, agrupaba a los siete partidos de izquierdas o populares más importantes, una central sindical y algunas agrupaciones sociales. El Frente Amplio de Uruguay, de larga historia, ha desembocado, en la actualidad, en una agrupación de, al menos, 30 organizaciones políticas.

En todos los casos, han nacido fruto del acuerdo y negociación entre los distintos grupos dirigentes de las organizaciones implicadas, han recibido el visto bueno, según los casos, de sus bases de afiliados, y se han presentado ante el electorado con un programa de mínimos, reclamando su voto.

El éxito de todos estos intentos es, cuando menos, relativo, y las valoraciones que se puedan hacer, para cada caso, serán distintas. Sin embargo, el modelo empleado ha sido el mismo: acuerdo por arriba y presentación ante el electorado con un programa acabado y una candidatura cerrada  para los cuales se pide adhesión. El mismo modelo que tradicionalmente vienen usando todos los partidos.

¿Aconsejan estos tiempos volver a intentar lo mismo? ¿Sigue la mayoría de votantes dispuesta a dar su voto a un programa y candidatura que se ha confeccionado sin pedirle opinión? Es posible que sí. Pero no es menos cierto que, de un tiempo a esta parte, ha salido a la calle más gente que en otros tiempos cercanos. Y, sobre todo, que ha salido a la calle gente que no lo había hecho antes. Con la “colaboración” (para algunos sospechosa, para ellos interesada) de los grandes medios de comunicación, el debate entre los políticos centra una parte importante de su programación y con ello aumentan audiencia. Hay mucha más gente pendiente de ese debate. Continuamente se pregunta si tal partido va a llegar a acuerdos con otro. Incluso se habla de posibles pactos “contra natura” para frenar el vendaval que se les viene encima a algunos. Aunque la inmensa mayoría de la gente esté más acuciada por los problemas del día a día y contempla todavía los debates como quien va al circo, la situación ciertamente es nueva. Y, a una situación nueva, quienes pretendamos obtener un respaldo amplio para cambiar las cosas, debemos proponer unas formas nuevas de hacer política. No bastan fórmulas de frentes con muchas siglas. En cantidad de ocasiones hemos convocado a la gente desde una larga sopa de siglas y apenas hemos reunido a tantos manifestantes como siglas convocantes. Sigue habiendo mucha resistencia. Las formas utilizadas hasta ahora han podido proporcionar legitimidad. Por supuesto. Pero los tiempos están cambiando.

Es cierto que, hasta ahora, la mayoría de la gente ha reclamado unidad entre quienes le van con propuestas y promesas. Es algo natural. Incluso algo que ha echado en falta en más de una ocasión. Sin embargo, cada vez hay más gente que no se contenta con que las organizaciones aparezcan unidas, sino que reclama participar, que se cuente con ella, que reniega del papel de comparsa a que se le ha condenado habitualmente. No es hora de frentes amplios que le pidan la adhesión a algo en lo que no ha tenido arte ni parte. Ni siquiera es tiempo de frentes todavía más amplios. Es hora de frentes más que amplios. Es hora de movimientos que lleguen al momento del voto ya con el apoyo de mucha gente. Y de mucha gente que no se conforma con que el movimiento obtenga una importante representación en la institución, sino que reclama seguir participando en el control de la actuación de sus representantes. Y, para conseguirlo, es preciso trabajar mucho. También hablar claro. Pero, sobre todo, es tiempo de demostrar, con los hechos, que. las personas que les invitan a participar en el movimiento, cuentan, de verdad, con la opinión de todos aquellos y aquellas que desean participar, y que les brindan la posibilidad de decidir sobre todo aquello que les afecta, sobre todo.

El frente que hay que construir no está en los despachos, sino que está en las calles, en las empresas, en los barrios, entre la gente de a pie. Entre la gente que puede no tener o no tiene ideología política, pero que está padeciendo todos los males que le está produciendo este sistema de vida que le viene impuesta. Y que es la gran mayoría. 

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